Otro país llamado Biblia

Cómo conocer el contexto cultural de la Biblia te hace un mejor discípulo

¿Has estado en otro país que no es el tuyo? Quizá vives en uno. ¿Te ha pasado que alguien no te entiende? ¿Qué tal lo contrario? Hablas, incluso español, pero tu interlocutor parece necesitar más explicación. Si bien no (siempre) es mal de morir, se constituye en una experiencia desconcertante. Toca adaptarse, reajustar la perspectiva, a veces la forma de dirigirse a alguien, aprender a comer otras cosas, usar cierto tipo de ropa apta para el lugar, etc. 

No es diferente con las Escrituras. Todos hemos experimentado la sensación de extravío en alguna oportunidad, esa que nos hace cerrarla, o quedarnos solo con el verso que sí entendimos. Lo que no se nos enseña, es que entender la Biblia requiere esfuerzo. Sí, el Espíritu Santo será siempre nuestra guía en tal tarea, pero no es un atajo.  

Hace algunas semanas te hablamos de los tipos de contexto, y esbozamos la importancia de conocerlos. Hoy queremos extendernos acerca de tal importancia, y queremos recordarte que el fin de esto nunca es “saber mucho” sino ser transformados. Esa transformación es trabajo del Señor, pero parte de la forma como nos acercamos a la Palabra. 

Para empezar, la Biblia es una tierra ajena. Nos referimos a que sus escritores provenían de un territorio lejano, hablaban otros idiomas, tenían otras costumbres, otros valores, comían otras cosas, tuvieron historias distintas a las nuestras. No solo eso, sino que vivieron en la antigüedad. Su visión de la vida y del mundo no era como es la nuestra hoy día, en este lado del planeta, en pleno siglo XXI. Entender esto es fundamental, porque esto nos proporciona un marco referente. Es decir, nuestra posición actitudinal ante la Escritura determina la forma cómo la leeremos.

Si tenemos eso en cuenta, comprenderemos también que leer la Biblia es un acto intercultural. Parece redundante, pero permítenos poner la atención en nosotros por un momento para que veas a qué nos referimos. Supongamos que tenemos una máquina del tiempo y viajamos a Capernaúm, en tiempos de Jesús. Llegamos a la orilla del Mar de Galilea y nos damos cuenta que no es un mar como nosotros lo entendemos, se trata de un gran lago. Además, ¿cómo hace una familia para vivir en esas casitas diminutas? Esta gente habla arameo y griego, y algunos hasta hebreo. ¿Habrá algún intérprete, por favor? ¿Dónde se activa el wi-fi?

Por supuesto, aquí no vamos a conseguir un McDonalds, y si a alguien se le ocurre hacer algo parecido a una hamburguesa, será con carne de cordero. Aquí la gente come pescado, y es evidente que Jesús también lo come. Es decir, el sistema de vida es distinto al nuestro. ¡Y no hablemos de los códigos sociales! A diferencia de nuestra sociedad, en tierras bíblicas, la identidad gira en torno a la comunidad a la que la persona pertenece, así que eso de “ser tú mismo” no solo no es aceptable, es que ni siquiera aparece en el radar del pensamiento. 

Nosotros somos el producto de nuestra época, y somos moldeados por las circunstancias y elementos que nos rodean. Es muy difícil tener una cosmovisión ajena a nuestra realidad. Si los autores bíblicos no eran como nosotros, nosotros tampoco somos como ellos. Sí, humanos, sí, necesitados de redención, sí, con luchas, dificultades y problemas, pero estamos en diferentes puntos y por tanto tenemos diferentes perspectivas. Es imposible deshacernos de ellas al acercarnos a la Palabra. Todos vamos a ellas con nuestros supuestos, o como Tim Mackie dice, con nuestra “enciclopedia mental”.

¿Cuál es la solución a tal problema? Pues, no es una brecha imposible de cerrar. Pero para empezar a cerrarla necesitamos en primer lugar reconocer que existe. Ser conscientes de ella nos va a permitir identificar nuestros supuestos para ubicarlos apropiadamente fuera del ámbito de la Escritura. Es importante también recordar, por supuesto, que una cosa es leer y otra estudiar. (Te invitamos a leer Tres Razones por las que Estudiar la Biblia es Mejor que solo Leerla).

Esa brecha de la que hablamos es precisamente una de las razones por las que es mejor estudiar que solo leer. Ya ves, Dios decidió hablar de una forma, a través de ciertas personas, que se hallaban en un lugar específico, en un momento determinado de la historia. No solo eso, se encarnó y vivió como hombre en un contexto específico. Perdernos la comprensión de esos elementos hará de nuestro abordaje de la Palabra algo desarraigado de su fuente, y difícilmente podremos aplicarla apropiadamente. Por cierto, hablamos sobre la aplicación en nuestro artículo anterior, ¿ya lo leíste?

Perdernos la comprensión de los elementos culturales de las tierras y los tiempos bíblicos hará de nuestro abordaje de la Palabra algo desarraigado de su fuente, y difícilmente podremos aplicarla apropiadamente.

Nosotros fuimos amigos por mucho tiempo antes de ser novios, y una vez que lo fuimos, pues, conocernos el uno al otro pasó de intercambiar saludos o comentarios sobre la política nacional, a estar tiempo juntos y con las familias del otro. Nunca es igual conocer a alguien en un entorno neutro que conocerle en su ambiente, con su gente, escuchar las historias, ver fotos viejas, probar la comida de la famosa tía, etc. Lo mismo aplica con nuestro estudio de la Biblia. Reconocer la diferencia y decidir familiarizarse con ella, hará que cada vez entendamos mejor lo que Dios quiere decir. 

A todas estas, ¿qué tiene esto que ver con ser un discípulo? Pues, los que anduvieron con Jesús tenían una comprensión exacta de qué era: ellos serían su reproducción. Un discípulo de Cristo es alguien que está aprendiendo constantemente a ser como Él, y Su Palabra es la declaración de su pensamiento. Sin embargo, como ya te dijimos, nos encontramos con brechas que deben cerrarse antes de entender tal pensamiento y efectivamente apropiarnos de él. 

En las próximas semanas estaremos hablando más al respecto, porque en este rinconcito estamos convencidos que el creyente que mejor entiende la Palabra tiene muchas más posibilidades de aplicarla debidamente, y por supuesto dará un fruto permanente del que otros podrán también nutrirse. Nos leemos la semana que viene.

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