Tres Mitos que Intensifican la Ignorancia Bíblica

Estamos en tiempos peligrosos. Una de las cosas que pululan hoy día son las interpretaciones estrafalarias de la Escritura. No es que no existieran antes, pero, en una era de tanto acceso a la información, no es de extrañarse que veamos cada vez más corrientes y formas de simplificar la Biblia, y por lo tanto, tergiversarla. Al mismo tiempo, sufrimos una crisis en la que la superficialidad gobierna nuestra vida devocional. ¿Será casualidad?

Hemos caído en el engaño de que ser espiritual es ser ignorante, y las consecuencias devastadoras no se han hecho esperar.

De hecho, a veces los argumentos que hacen robusta tal superficialidad lamentablemente se vociferan sin pudor desde nuestros propios púlpitos. La crisis es lo que es, porque no es que quien está en el púlpito anhele promover la ignorancia o la superficialidad, sino porque también ha sido formado bajo esa mentalidad. Es que hemos caído en el engaño de que ser espiritual es ser ignorante, y las consecuencias devastadoras no se han hecho esperar. Existe una tendencia a pensar que estudiar y alimentar la mente es sinónimo de carnalidad.

 

Pero, como diría el apóstol, nosotros tenemos la mente de Cristo. Así que para poder avanzar a una postura de madurez que nos permita remover los velos que nos impiden acceder a la verdad de Dios, necesitamos reconocer qué cosas estamos creyendo que podrían estar anclándonos al desconocimiento. 

Hoy nos hemos dado a la tarea de identificar algunos mitos que nos limitan para estudiar la Biblia y que circulan entre nosotros. Podríamos estar creyéndolos, e incluso enseñándolos:

1.“La Biblia es para expertos”. Por ser así, no necesitamos estudiarla tanto. Quizá la podamos leer, pero no alcanzaremos profundidad escritural como otros. Esta terrible mentira nos lleva, por ejemplo, a creer y asumir como verdad todo lo que enseña alguien con relativa autoridad. Le dejamos a los demás el trabajo de procesar el alimento, porque nos consideramos inferiores o incapaces de acceder a la verdad de Dios de manera directa. Quizá nunca lo hemos enunciado con esas palabras, pero si preferimos la enseñanza de otro para “ahorrarnos” el trabajo de estudiar por cuenta propia, lo más seguro es que estemos creyendo ese mito.

Uno de los riesgos de creernos eso es que nos exponemos a que nos digan cualquier cosa (Ef. 4:14), y por no tener filtros adecuados, la recibamos toda sin discernirla, o por el contrario, rechacemos algo muy valioso. Aunque sí hay maestros que cumplen una función fundamental en el Cuerpo de Cristo, el crecimiento es para todos, y el mismo Espíritu Santo que ha sellado a los “expertos”, es el mismo que mora en nosotros. La perfección de los santos, o en términos más comprensibles, la madurez de los creyentes, es responsabilidad conjunta e individual. Te recomendamos revisar Tres Características de un Discípulo Exitoso.

2.“Más importante es hacer que saber”. Este mito es un argumento que tiene una falla de lógica. ¿Cómo se supone que hagamos algo si no sabemos? No podremos ser transformados a la Imagen del Hijo si no aprendemos de Él, y no aprenderemos de Él a no ser que abramos nuestra Biblia. Este mito tiene un peligroso compañero que también resuena en los pasillos de nuestras iglesias: “No importa tanto lo que dice sino lo que el Espíritu ministre”. Esta afirmación no solo es aterradora, sino letal. No hay consejo más seguro que el de la Palabra de Dios. Y lo que le contradiga no viene de Él.

Vivir bajo esa premisa, en el fondo es un rechazo a escuchar efectivamente la voz de Dios que está plasmada en el texto sagrado. Sí, es importante aplicar lo que aprendemos, pero mientras más nos expongamos a la Palabra, más posibilidades tendremos de ser transformados. La mente se renueva cuando no nos conformamos a este siglo (Rom. 12:2), y en ello hay que ser intencionales, determinados y diligentes. Puedes echarle un ojo a Cinco Formas como la Biblia nos Transforma.

3.“La letra mata”. Este quizá es uno de los peores mitos que pueden existir entre nosotros y la razón es que es un texto bíblico sacado de su contexto, utilizado para propagar una idea errónea. Están citando aquí a 2 Cor. 3, un pasaje en el que Pablo está haciendo un claro contraste entre la Ley del Antiguo Pacto y el Evangelio. Está explicando que la Ley tiene un efecto condenatorio. No está hablando de las letras escritas, porque ya Jesús nos dijo que las palabras que Él habló son Espíritu y son vida (Jn. 6:63).

Este mito tiene un hermano gemelo, y probablemente también lo habrás escuchado: “el conocimiento envanece”. Nuevamente, un texto citado sin contexto. Esta afirmación es parte de una idea que Pablo va a introducir acerca del manejo de las relaciones sociales y los valores que manejaban los miembros de las iglesias en Corinto (1 Cor. 8:1). Básicamente, lo que buscaba Pablo expresar era que es más importante el amor, expresado en formas concretas, que tener una teología prístina. Sin embargo, no es una motivación a mantenernos ignorantes, sino a tener un sentido de proporción: el hermano importa más.

Ninguno de los dos pasajes representa un desestímulo a conocer la Palabra, de hecho, el Salmo 1 nos enseña que el hombre recto es alguien que siempre tiene su mente enfocada en la Palabra. Oseas, por su parte, nos advierte de las consecuencias mortales de la ignorancia. Así que el amor que el Señor quiere que tengamos hacia Él, debe ser alimentado mediante el conocimiento que obtenemos al mantenernos en comunión con Él, y la Biblia es un medio para ello.

Por eso consideremos qué ideas pueden estar impidiéndonos crecer. Quizá no son estas, sino otras, pero siempre es bueno recordar que el creyente que no avanza, retrocede. Suena obvio, pero lo que NO estamos diciendo es que si no avanzamos nos estancamos. Es falso. No hay punto muerto. En Cristo, o crece Él o nuestra carne. Amemos a Jesús con nuestra mente, tomemos en serio la carrera y demos pasos concretos para que Cristo crezca en nosotros. ¿Te unes?

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