Cinco Maneras en que la Palabra nos Transforma

La Biblia no es un libro común. Es la Palabra de Dios. Siempre que nos acerquemos a ella estaremos expuestos a la vasta riqueza del pensamiento de nuestro Creador y Señor. Es por eso que necesitamos verla con esos ojos. No nos acercamos a ella para acumular conocimiento como si se tratara de una “enciclopedia espiritual”. La intención de Dios al comunicarse con nosotros a través de palabras es que le conozcamos.

Lo que perdemos de vista al respecto es que la intención de Dios darse a conocer a nosotros es que podamos ser diferentes después de cada encuentro. Nadie que experimenta el dulce aliento de Dios puede seguir siendo igual.

Lo que perdemos de vista al respecto es que la intención de Dios darse a conocer a nosotros es que podamos ser diferentes después de cada encuentro. Nadie que experimenta el dulce aliento de Dios puede seguir siendo igual. La Palabra de Dios nos transforma, y en esta ocasión hablaremos de cinco formas como lo hace:

1. Nos muestra nuestra condición. La Biblia es un espejo que permite que nos veamos e identifiquemos nuestro estado de bancarrota espiritual. Como parte de la humanidad, estamos en necesidad de un Salvador porque nuestras vidas se han extraviado en el pecado. En Isaías 6 vemos que el profeta experimenta una visión en la que ve al Señor y enseguida tiene conciencia de su propia maldad. Una vez que tenemos esa conciencia, no podemos andar por la vida ignorándolo, hemos sido transformados.

2. Renueva nuestra mente. Una de los dichos más comunes en nuestro mundo hispano es que leer la Biblia vuelve loca a la gente, o les lava el cerebro. Los que hemos vivido el poder lava-cerebros de la Biblia entendemos que se trata de un proceso en el que la verdad de Dios se hace tan evidente y contrastante con lo que el mundo pregona que simplemente ya no podemos ir en la misma dirección. Pablo le dice a los Romanos que la manera de no conformarse a este mundo, el sistema, es ser renovados, es decir, experimentar una mudanza en nuestra forma de pensar. La Palabra de Dios, sin duda, posee el poder para hacerlo.

3. Permite que conozcamos quiénes somos, ya que expresa el carácter de Dios, nuestro creador. En medio de un montón de historias que en ocasiones no comprendemos del todo, rituales extraños y eventos milagrosos, hay una riqueza inagotable que expresa el incomparable y eterno carácter de nuestro Dios. Decía Agustín que el conocimiento de Dios y el conocimiento de sí mismo no pueden separarse, van de la mano. Conocer a nuestro Creador nos da sentido y propósito de existencia. Olvídate del marketing barato de “conócete para que sepas lo que vales”. No hallarás tal cosa a no ser que mires la gloria de Dios descrita en su hermosa Palabra.

4. Ejercita nuestra fe. Nuestra fe no está basada en la Biblia, sino en el evento histórico de la resurrección de Jesucristo (1 Cor. 15). Sin embargo, porque estamos convencidos de la veracidad de ese acontecimiento, creemos que lo que Jesús dijo es verdad, y ya que sus palabras respaldaban una y otra vez lo que allí está escrito, creemos lo que la Biblia dice. A medida que crecemos en el conocimiento de Él, nuestra fe se fortalece y de manera orgánica terminamos en lugares que se convierten en mayores retos que a su vez ponen nuestra fe en una gimnasia espiritual, de manera que al pasar el tiempo, nuestro músculo de fe va cambiando y adquiriendo mayor fuerza.

5. Cambia nuestros afectos. En el Salmo 19 el salmista nos dice que la ley de Jehová convierte el alma. Conocer a Dios verdaderamente nos hace amarle y por lo tanto rechazar lo que ofende Su santidad. Es un proceso que nos toma toda la vida, pero la verdad es que mientras más tenemos de Él, menos nos satisface lo demás. Lo más impresionante de este cambio de afectos es que se da en distintos niveles, épocas y situaciones para cada uno, pero se resume en lo mismo: Él vale más. Pablo le dice a los Filipenses que lo que más apreciaba antes lo tuvo por basura luego. Es decir, nada se compara en valor a Él, y cuando hemos llegado allí, no hay pesar en soltar lo banal por el glorioso tesoro que hay en Sus manos.

Es el poder transformador de la Palabra el que nos moldea cada vez más conforme a la imagen de Cristo Jesús. Dijo Pablo a los Corintios en su segunda carta: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. (2 Cor. 3:18) La Palabra, como enseñaba John Stott, es el retrato de Cristo mismo.

¿Has experimentado el poder transformador de la Palabra? Si no ha sido así, ¿qué crees que está ocurriendo? ¿Te gustaría experimentarlo? Cuéntanos en los comentarios.

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